sábado. 18.05.2024

Antes de empezar con el del colectivo Doomtree hagamos una mención especial en este rincón semanal al impresionante The African Plug de los neoyorkinos G4 Boyz y a su esfuerzo por traer de vuelta los sampleos r&b dentro del espectro sonoro actual, abriendo una vía por la que respirar en los saturados pulmones de las tendencias musicales actuales, ya instauradas en el terreno mainstream. Pero sintiéndolo mucho, hoy este espacio le pertenece a P.O.S..

Quién si no el de Minneapolis es capaz de darnos una bofetada y descolocarnos con el primer y gráfico “Born a Snake”, jugando con la distorsión guitarrera, el noise industrial y unas vocales que esquivan los rapeos para instaurarse en el terreno de las estrellas de rock para blancos con toques soul. “Wearing a Bear” ya regresa a horizontes más ‘canónicos’, donde el ritmo se divide en una lucha entre el bajo atronador y una percusión propia de la pista de baile más funkera. Pero cuando creemos que volvemos a casa, a una casa donde las sonrisas intentan tapar la infelicidad crónica claro, “Bully” (con Moncelas Boston & Rapper Hooks) nos introduce subrepticiamente en una atmósfera que conjuga lo más vicioso de Gaspar Noé grabando a Death Grips y Clipping. O, dicho de otra forma, el arte de mezclar un inicio hablado propio de un comercial para detener el tema a la mitad por falta de energías y renovarse trasportándonos a un espacio incierto entre una guerra en mitad de la ciudad y ser perseguido por una tribu caníbal del Amazonas. El primitivismo más cruel y la tecnología más animal, esto es, “Bully” es una salvajada.

De ahí al siguiente “Faded” existe un corte necesario en tanto exigimos un respiro que el de Minnesota nos ofrece en un cóctel de bienestar creado por químicos, con un bajo que vuelve a envolvernos y cierto halo de maldad electrónica de fondo. Otra forma de revertir la suavidad de sus vocales en un aura siniestra propia del witch house, donde cara rasgo aterciopelado de r&b posee un reverso maldito. Incluso cuando P.O.S. no sea el más versátil de los raperos –se muestra más cómodo al hacer cambios de ritmo que al fluir sobre uno fijo–, la atmósfera y los cientos de capas y recovecos del beat, ya sean introducidos por unas vocales femeninas o por ese sonido que se asemeja a una progresión hacia lo profundo de la noche, le dan al tema una redondez capaz de provocarnos el trance. “Bully” y “Faded” dos temas muy próximos que se llevan mundos de distancia y que, puestos en común, son todo un ejemplo de que los álbumes como un todo siguen teniendo sentido.

“Pieces/Ruins”, junto a Dwynell Roland y Busdriver, vuelve a trasladarnos a otro planeta distinto y autónomo que provoca que vayamos saltando entre bizarreces, cada una con su particular y retorcido sentido. Aquí el peso de la percusión se enfrenta a la sonoridad del fondo del océano, rodeada por ruidos de ballena y demás seres extraños que después de todo son inteligentes, pertenecientes a una civilización una vez gloriosa. Si los diseñadores de Horizon Zero Dawn están buscando una banda sonora que contacten con P.O.S. porque no hay nadie como él para expresar nuestra naturaleza robótica, donde el sentimiento de nadar en el líquido amniótico del comienzo de los tiempos se combina con estar en lo alto de la cumbre tecnológica, empapados de una (i)racionalidad no antropomórfica.

Este Chill, dummy es tan loco y plagado de ruidos que confunden a nuestros sentidos que un tema como “Get Ate” (con Gerald) nos sonará bastante terrenal, y eso que su combinación entre los sintes de Detroit y el nuevo soul de Outkast en cualquier otra ocasión nos parecería totalmente alienígena. Y aunque para “Roddy Pipper” (con Moncelas Boston) la fórmula comienza a repetirse, lejos de producirnos aburrimiento nos proporciona claves a nuestros oídos despistados para saber cómo aproximarnos a un sonido que empieza simple y va añadiendo capas de distintas procedencias, desde el rock más orgánicos a la electrónica ambiental más surrealista o la del mañaneo alucinógeno. Es como si nos enseñara a desentrañar la música que hay detrás del ruido blanco de los aparatos que nos rodean. Gracias a P.O.S. a partir de ahora siempre que nos topemos con una fuente de contaminación acústica que nadie más puede soportar, nosotros entraremos sin miedo, separaremos líneas sonoras, las disfrutaremos y, tras realizar el camino contrario a estas canciones, llegaremos al punto mínimo, melódico y evocador –“Thieves/King”.

Por si fuera poco lo de convertirse en un sintonizador, este Chill, dummy guarda más sorpresas. Desde “Infinite Scroll”, o qué pasaría si Kanye West hubiera preferido vivir en la deep web antes que en las portadas de revistas sensacionalistas, hasta “Lanes” y la progresión de “Gravedigger” (con Angelenah), o cómo hacer retrosynth sin ser un mero copia y pega. Por no mencionar los lugares hacia donde apuntan los casi nueve minutos de “Sleepdrone/Superposition”, del drone-rap a un nuevo tipo de soul en un mundo cyberpunk.

Aunque para ser completamente sincero, y pese a todas estas maravillas, en ciertos momentos casi desearía que éste fuera un álbum puramente instrumental, que las vocales se confundieran con transmisiones de ondas.

Trabajo de la semana: P.O.S - Chill, dummy (2017)
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